martes, 18 de octubre de 2011

Testimonio de vida

Comentario:
Hace un tiempo atrás, tuvimos la iniciativa de invitar a varias instituciones radicadas en nuestra provincia, para que publicaran su historia y su razón de ser. Empezamos con el PANI y el IAFA. 
La idea era que posteriormente un especialista de cada una de esas instituciones, escribiera una columna para aconsejar a los heredianos, pero... ¡no les interesó ayudar al prójimo!, no aprovecharon la oportunidad.
Algunos heredianos se motivaron y nos han comentado o nos han hecho llegar su testimonio de liberación de alguna adicción, predicando con el ejemplo.
Hoy compartimos la enviada por el señor Rodrigo Víquez Fonseca.
El editor
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“EL OLOR DEL CIPRÉS”

Cuando mis hermanos Lalo, Jose y yo cursábamos la primaria en la Escuela Cleto, con el primo Maco Vindas acostumbrábamos “jugar” con carrizos de helechos y bejucos secos de chayote que encendíamos en sus extremos para aspirar el humo que producían esos improvisados cigarrillos. Parecía ser un juego inocente al que incluso nuestros padres no le daban mayor importancia. Pero esa “travesura juvenil” – al menos en el caso mío –, tuvo nefastas consecuencias ulteriores.
Cuando yo estaba finalizando la primaria ya había comenzado a “coquetear” con el cigarrillo e incluso fabricaba una especie de pipa o cachimba, hecha con canutos de caña de bambú, a la que le echábamos tabaco, hasta de “chingas” de cigarro. Poco a poco, pero en forma inexorable, me estaba metiendo en el vicio del tabaco y ya en el Liceo de Heredia en casi todos los recreos salía a fumar. Mi vida en la educación secundaria y universitaria estuvo fuertemente definida por el consumo del tabaco. ¡Me había convertido en un fumador compulsivo! Dichosamente siempre me gustaron mucho los deportes como el baloncesto y el atletismo y eso me ayudó mucho a paliar las catastróficas consecuencias de la nicotina y los alquitranes del tabaco.
A mediados de mi carrera universitaria se me diagnosticó una úlcera gastroduodenal,
provocada por los dañinos efectos del cigarrillo y del café, que se coadyuvaban en la producción excesiva de ácidos digestivos. Sin embargo, ni así dejé de fumar. Apenas lo hice unos pocos días, mientras cicatrizaba la herida. Cuando ya era un profesional en ejercicio llegó un momento en que me sentí totalmente derrotado por el tabaco, ya que pese a mis repetidos intentos no podía abandonar el cigarrillo. Entonces me pregunté: “¿Porqué es que no tengo la fuerza de voluntad suficiente para dejar este vicio? ¿Será acaso que me faltan pantalones o faja para socármelos?”
Lo que yo no sabía en aquel entonces, pero que aprendería luego a través de mis lecturas sobre el tema, es que para dejar el tabaco, así como el alcohol y otras drogas, no todo depende de la fuerza de voluntad. A menudo la voluntad, que se ha dicho es la reina de nuestras facultades, se ve derrotada por el vicio, ya que por pertenecer al “consciente” de nuestra mente a veces es más débil que el hábito en sí. Supe, también, que el “DESEO”, que corresponde al inconsciente de nuestro cerebro es muchísimo más fuerte que la voluntad y que, casi siempre, el éxito en esta lucha está aparejado a un fuerte anhelo por abandonar el hábito.
Como en el caso mío con el tabaco yo tenía un profundo y sincero deseo por abandonar ese vicio, comprendí que estaba bien encaminado a lograr ese triunfo tan largamente perseguido durante 34 años como fumador. Ya antes me había dicho: “¡Dios mío, me estoy matando y no puedo dejar el vicio. Yo voy a aportar un gran deseo y mucha voluntad y el resto de lo dejo a vos!” Y, … ¡se sucedió el milagro! El 4 de octubre del año 1.978 me levanté con el propósito —un poco tímido por miedo a fracasar— de no fumar. Fui al trabajo y en silencio me mantuve lejos del cigarro hasta que llegó la noche. El día había sido de grandes sobresaltos y la noche sería mucho peor…, pero logré sortear esa primera jornada de privación. Vendría luego el segundo día, más agitado y tormentoso que el primero, pero también lo pude capear. El día tres fue algo terrible porque me atacaron muy fuerte los síntomas de la abstinencia: Diarrea, temblor en las manos, insomnio, irritabilidad. Como que la “bestia” no quería dejarse vencer. ¡Oh, mi Dios, cuán atrapado estaba en las redes del tabaco! Para mis adentros reflexionaba: “Y si estuviera prisionero en una celda sin cigarrillos qué hubiera hecho” No pensaba en la comida ni en el agua. ¡Sólo en el cigarrillo! Parece ser que algunas personas nacemos predispuestas genéticamente para ser altamente sensibles a determinadas sustancia química y les cuesta un mundo dejar el vicio, si es que acaso lo logran. Muchas, como el primo Maco Vindas, no lo consiguen: Murió fumando.
Pasaron los días y yo, aunque un poco nervioso, sentía que iba por muy buen camino y que el de “arriba” me llevaba de la mano. Con ÉL había emprendido en solitario esta lucha sin notificárselo a Olga ni a mis hijos ya que al principio, lo digo sin recato alguno, tenía miedo de fracasar. Cuando llevaba 17 días alejado del cigarrillo me enfrente a un suceso harto desagradable. Con Olga, Roy, Maco Vindas y Don Antonio Bolaños fuimos en un jeep mío a San Ramón, a ver un partido de fútbol entre el C.S. Herediano y el equipo local. Cuando Fernando (“el macho”) Montero anotó el primer gol del Herediano, comenzamos a brincar en una gradería de madera que se vino al piso por el golpeteo de la gente. A mí, particularmente, las tablas que me cayeron encima me provocaron algunas lesiones que obligaron a una asistencia de la Cruz Roja. Alguien me ofreció un trago de whisky, que rechacé. Lo que sí estuve tentado a pedir fue un cigarrillo para calmar mis nervios. ¡Pero no lo hice! ¡Nuevamente el “Altísimo” había llegado a mi ayuda en forma oportuna!
Cuando tenía 20 días sin probar cigarrillo alguno, se lo conté a mi esposa Olga y a mis hijos quienes no cabían de alegría ya que ellos habían insistido mucho para que abandonara esa dependencia tan dañina. Con gran júbilo aplaudieron mi decisión. Pero todavía faltaba bastante camino por recorrer. Muchas noches soñaba que estaba fumando y que todo el esfuerzo se había malogrado. ¡Cómo cuesta romper un hábito de 34 años bien arraigado en el cuerpo y la mente de una persona susceptible a una sustancia adictiva! A mis hermanos Lalo y Jose no les costo tanto dejar el vicio del cigarrillo. Lamentablemente nuestro primo Maco Vindas no lo logró y hace unos tres años un cáncer de pulmón lo mandó para el cielo. Y mi queridísimo cuñado Edgar (“Gollo”) Zumbado, que este año junto con su esposa Aurora, Fernan y Lelia y Olga y yo anduvo navegando en un crucero por el caribe, falleció hace menos de tres meses víctima de un horroroso cáncer de pulmón, que se le extendió a la garganta y a la médula espinal. Lo tuvo postrado como un vegetal por casi dos meses. De nada le valió que ya tenía cerca de seis años de no fumar. El costo a largo plazo del cigarrillo es elevadísimo porque involucra la pérdida de la salud y, en ocasiones, la propia vida.
Volviendo al caso mío, para el mes de diciembre de ese alabado año de 1978, cuando ya tenía cerca de dos meses sin fumar y mi apetito y estado físico y anímico habían mejorado notablemente, en casa pusieron el portal y un árbol navideño de ciprés. Conforme las agujas de ese “pino” se iban marchitando, emanaban un aroma delicioso que colmaba todos los rincones de nuestra vivienda. Fue entonces cuando yo pude gozar de esos benditos efluvios que, durante 34 años, el cigarrillo me había impedido disfrutar.
Hoy, cuando gozo de una abstinencia prolongada durante 31 años, fijo mi mirada en el cielo para darle gracias a Dios por haberme permitido eliminar esta dependencia y de lo más profundo de mi corazón brota un grito de alborozo que proclama: “¡Jamás olvidaré el olor del ciprés!”