lunes, 16 de julio de 2012

UN PELO DEL BIGOTE


Lic. Roberto Cambronero V. 


Todos conocemos el viejo cuento de que los abuelos firmaban cualquier compromiso o empeñaban su palabra desprendiendo un pelo de su bigote. 

Esto era señal de honorabilidad, dignidad, y honestidad, por encima de cualquier firma, documento legal, testimonio de terceros o artificio que pudiera corroborar en el futuro una deuda o compromiso de cualquier índole. Esto era así porque a estos viejos no los asustaban abogados, ni leyes, ni mucho menos demandas por un eventual incumplimiento de un compromiso. Era tal su sentido del honor, que bastaba ese pelo del bigote para que su palabra quedara gravada, para entera satisfacción de las partes. 

Hoy, las cosas han cambiado, son demasiado diferentes. Y si bien es cierto que aquella mentalidad puede parecernos demasiado rígida o equivocada, lo de hoy sobrepasa todo límite de permisividad y de decencia. El caso de las llamadas consultorías y asesorías, tan de moda en los últimos años, es un ejemplo. 

Una compañía consultora y asesora en diferentes campos, propiedad de dos miembros del gabinete actual, un ministro y una asesora de la presidencia, marido y mujer, suscriben millonarios contratos con el Ministerio de Educación y con RECOPE para brindarles sus servicios. Para obtener el segundo contrato mediaron sendas cartas de recomendación de un Vicepresidente de la República, del Ministro de Educación y de un hermano de la señora Presidenta de la República. Para cumplir con el requisito de la participación, RECOPE invitó a varias entidades a ofrecer sus servicios, las cuales no tenían nada que ver con los servicios que se necesitaban, como es el caso de varios negocios ferreteros. Todo esto es reprochable y huele muy mal. 

Ahora la Asamblea Legislativa quiere obligar a la señora Presidenta a destituir al Ministro de Educación y al Vicepresidente, aunque a este último ella no lo puede destituir. La razón: Las cartas de recomendación, o de lo que sea, que ellos enviaron a RECOPE. 

Señores: ahí no está la gravedad del asunto. El punto es que dos miembros del gabinete, que son marido y mujer, no tuvieron escrúpulos en obtener contratos – no importa su monto – con el gobierno, y que un gobierno igualmente no tuviera reparos en otorgar esos contratos a dos compañeros de gabinete, que hoy, a raíz de todo esto, ya no están en el gobierno. ¡Ese es el punto! 

¿Cómo es posible que un ministro y una asesora presidencial del mismo gabinete no tuvieran el menor resquemor para obtener contratos con el mismo gobierno al que servían, aprovechándose de su posición privilegiada ante sus contratantes? ¿Cómo es posible que el resto del gabinete permitiera, consintiera y apoyara dichos contratos? A razón de pedir destituciones deberíamos pedirlas para todo el gabinete, incluyendo a la señora presidenta que, por supuesto, debe haber sabido de este negocio y para el presidente de RECOPE que, además, jugó de vivo convocando a varias ferreterías dizque para que hubiera competencia en las ofertas. 

Hay una ley que contempla el caso de las cartas pero, al parecer, no contempla el hecho en sí, el origen de todo el embrollo: que los miembros del gabinete hagan negocios con el Estado o que aprueben esos negocios, a vista y paciencia de todo el mundo, como si fuera lo más natural. La moral, que es la que más ha sufrido, pareciera que no importa. 

Sin ir tan atrás como a los tiempos del “pelo del bigote”, podemos decir que antes esta situación no hubiera sido posible porque existía eso que se llama escrúpulos, delicadeza, responsabilidad y sentido del honor.